Puede que no exista el infierno, pero lxs que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada.
Unx tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Eso dijo Chinaski. A partir de aquí, cosas que Chinaski nunca hizo.
Leo desde aquí, De nuevo. Os leo desde aquí, mientras me vais leyendo, Ha sido un verano intenso. Un verano grande como un helado grande. Un verano lleno, cargado de buenas noticias. Y he vuelto a asomarme aquí, con el frío, las nieblas y los estractores atacascados de las cafeterías periféricas.
Hace tiempo que no creo en los mitos. Los gurús de cualquier cosa se me figuran tótems hieráticos incapaces de mantener el equilibrio más allá del tiralíneas con el que está concebida su figura, pero el logos tampoco me parece de fiar. Los mitos, como los tótems, funcionan un tiempo. Porque son gloriosos y propagandísticos, porque respiran todo el aire importante que debe de oxigerar el cielo allá arriba, más allá de nuestras cabezas; allá arriba, más allá de la horizontal en la que nos movemos, sintagmáticos, los flexibles, los doblegados, los sintagmáticos, los de cintura quebrada en escorzo permanente. Luchar contra la jerarquía es una quimera. Peor aún, es una aporía. Pues ¿qué lucha os viene que no sea jerárquica?. ¿Qué clase de lucha no es, a fin de cuentas, una suerte de pirámide belicosa?
Hace apenas unos días, la feminista Beatriz Gimeno escribía en su facebook un texto en el que se tachaba de "anacronismo" toda crítica al proceso de colonización/devastación del continente americano, argumentado que entonces, la colonización "no podía hacerse de otra manera". Cito textualmente:
"Ni por asomo se me ocurriría celebrar ninguna fiesta patria porque todo ese asunto me la trae al pairo. Pero también creo que tratar de colonialismo o genocidio, en el siglo XVI, la gesta (no en el buen sentido) americana es un anacronismo. No es que estuviera bien, es que, seguramente, no había otra manera de hacerlo. Dos siglos después ya era otra cosa. Y en el XX, definitivamente, otra. Mi opinión es que no deberíamos aplicar tan ligeramente conceptos de ahora a un mundo que era otro. Para colonialismo, el de ahora; el de Telefónica. (Y sí, ya sé que voy a ser muy criticada) Pero repito: es un anacronismo".
No me sorprende que una mujer que entiende el feminismo y los activismos queer de manera estanca, que está alejada de las intersubjetividades de los principales agentes que intervienen en los contextos relacionados con el género y la sexualidad (su postura abolicionista respecto a la prostitución es bien conocida, así como su oposición frontal a la lactancia materna, sin ser ella nada de eso) haga estas afirmaciones. No me sorprende que una líder, una tótem feminista diga cosas semejantes. Era del todo esperable, de alguien que no entiende que la lucha feminista es, en verdad, una lucha animalista, pues al feminismo lo a(trans)viesa todo ser despojado de privilegio y de respeto, incluidos, por tanto, los animales (conocida es su postura abiertamente protaurina).
Tampoco me sorprende que los mentideros feministas ardan. Que si esto, que si lo otro. Y menos aún, que otro totem del feminismo, otra figura que juega en la línea paradigmática, de la de abajo arriba, pierda un minuto en arremeter contra el tótem primero, no sin razón, claro, pero ya se sabe que de tótem a tótem, taconazo. El segundo tótem, para argumentar contra el primero, juega sus cartas en una curiosa liga, que consiste en que es más mejor feminista, quien menos privilegios detenta, constituyéndose aquí, una suerte de curiosa paradoja, que unge, dentro del feminismo, a quien menos ungida está en el mundo de verdad, verdadero, el del patriarcado, y el mal, y el capital, y tal. Itziar Ziga, figura referente del (trans)feminismo patrio, poder y privilegio que, le guste o no -sospecho que sí- detenta, arremete, como digo,contra Tótem 1, argumentando así. Cito textualmente:
"las feministas negras, moras, indígenas, gitanas o abertzales hemos sido señaladas a menudo y encubiertamente como traidoras a nuestro género por aquellas que pretenden que traicionemos a nuestro pueblo. No es casual que el feminismo que insiste en que nos unamos todas sólo contra la opresión de género venga de mujeres blancas que no proceden de un pueblo perseguido ni colonizado".
Comparar la presión a la que tradicionalmente han estado expuestos los colectivos feministas negros, moros, indígenas o gitanos con los"abertzales", me ha dejado el culo girado, pero que ése colectivo, "abertzale", no sea considerado "blanco", ya me ha dejado loquer del todo.
El giro argumental de Tótem 2 contra Tótem 1, podría quedarse en eso, en una pirueta trasfeministómetra, a ver quién tiene más "caquita" encima y por tanto más potestad para hablar y, sobretodo, para estar en lo cierto, (el a ver quién la tiene más grande de toda la vida) si no fuese porque, hace unas semanas, Tótem 2 desautorizaba como "feministas" a quienes habían considerado que el grupo de música Penetrazión Sorpresa era un grupo de clara filiación misógina, que alentaba en sus letras y en su propio nombre, a la violación y más vejaciones. Algo que para ti, para mí y para mi abuela, que no somos tótems ni nada, que somos gente a duras penas, resulta más que obvio, pero para Tótem 2, no. Para Tótem 2, las feministas que los boicotearon son unas locas del coño agresivas que atacaron sin piedad a los pobres muchachos cantarines. Dicho con otras palabras, y desde un altavoz como Gara (no desde los blogs y los tuiters y los feisbuks que usamos los mortales de la horizontal, sino desde los atriles de los periódicos con línea editorial), pero dicho, al fin y al cabo. Y si no lo creéis, pues lo leéis aquí, que a mí me da toda la pereza.
Hace unos cuantos días, otro incendio feminista-dialéctico incendiaba tuiter. Alguien tuiteaba algo a cerca de cómo los cuerpos trans eran invisibilizados sistemáticamente en las manis feministas, a través de, por ejemplo, metáforas como la hipervisibilización del coño, hasta convertirlo casi, como la misma polla, en algo "totémico". Y otro Pornotótem entraba en el debate (bien, debate por fin), pero flameando un poco al estilo de los dioses.
Se puede discutir y tal, estar de acuerdo o no, pero me temo que ese momento ha llegado.
Ciertos coños-tótem gobiernan el mundo del feminismo, desde unas esferas olímpicas inimaginables para nosotrxs, lxs simples mortales de la horizontal, lxs beacrixs del feminismo. Os dije que era una aporía. Lo de lucha y feminista. Aporía. Lo de acabar con las jerarquías a través de las gurús, las profetas. A-po-rí-a.
El resto de Tótems, calla. Pueden o no estar de acuerdo, pero ya saben cómo son los pactos entre caballeros. Hoy por ti, Zeus, mañana por mí, Cronos.
Y no me parece feo el debate, de hecho, ojalá el debate; lo que me parece impropio es la ostentación de la supremacía desde el feminismo, que es justo lo contrario a eso. Lo que me parece del todo inoportuno es usar el feminismo como algo que puede ser arrojado a la cara. Hacerlo desde la superioridad moral de quien se cree más lista y más culta, o desde la superioridad moral de quien se cree más despojada de privilegio y más fuerte, no creo que difiera demasiado.
Una vez, Tótem 2, dijo que lo que no debe volver a ser nunca el feminismo es la excusa para que unas mujeres manden callar a otras. Yo creo que Tótem 2 llevaba razón cuando dijo eso. Pero yo ya no creo en los tótems. Porque respiran allá arriba aire endemoniado y porque con los tótems me pasa últimamente, lo mismo que a Loriga con la memoria: que les tiras un palo, y te traen cualquier cosa. Por eso les pediría que bajaran a la tierra media. Que fingieran ser humanas y pisaran un poco la horizontal. Que crecieran como humanas no totémicas, como las feministas que son, no como las profetas que representan, y que recuperaran discursos que aún están por venir, debates por proponer. Que se equivocaran, faltaría más, pero que reconocieran su derecho al error, y a la rectificación. Que se pensaran, que se re-pensaran. Que crecieran hacia abajo y se recordaran de hoy en adelante, pues pobre es la memoria que sólo funciona hacia atrás.
Cedo este espacio de confort que es mi blog, al colectivo transfeminista Transfeminalia, para hacer públicos los motivos que le han llevado a desligarse de la organización "oficial" del Orgullo de CyL 2015 y organizar junto con la Plataforma de Apoyo al Colectivo LGTB+ de Valladolid, lo que han venido a llamar "EL ORGULLO es MONSTRUO/NUESTRO".
LOS PORQUÉS DEL ORGULLO MONSTRUO
Supongo que hay textos más
difíciles que otros.
Somos un colectivo Transfeminista
de Palencia. No somos democráticxs porque en el colectivo no hay hombres cis y
esto ha sido una decisión voluntari
a. No somos democráticxs porque la
democracia es la tiranía de la mayoría sobre unxs pocxs y nosotrxs venimos de
ser siempre esxs pocxs. No puede haber democracia si los espacios no se ocupan
desde las posibles diversidades. No puede haber democracia si hay cuerpo más
expuestos a abusos que otros, por eso no somos democráticxs.
Somos Transfeminalia el espacio
para los cuerpos que transitamos. Transfeminalia surge, nace, se hace, se forja
dentro de un espacio de confort, un espacio de protección que no tuvimos en el
colectivo Chiguitxs lgtb+. Nos hicimos con los restos de lo que quedo cuando
nos dijeron que nos fuéramos porque éramos molestxs cuando algunxs éramos
cofundadorxs. Pero para llegar a eso hace falta que nos remontemos. Nos
enfrentamos al colectivo que se encargaba de defender nuestros derechos a ser
diferentes, nuestro derecho a defender diversidades afectivo-sexuales y de
género.
Cuando se formó el grupo de
Chiguitxs, el nombre le propuso un compañero que está ahora en nuestras filas.
Nos quitaron el nombre y sabemos que sin nombre no nos podemos nombrar y
nombrar quiere decir hacer el verbo con un cuerpo.
Tuvimos problemas desde el
principio. Se aludió a que el nombre podía hacer referencia a un grupo de
pedófilos y que qué era eso de la “X”. Y eso hubo que explicárselo a muchxs,
incuido a quien ahora es la cabeza visible de dicho colectivo.
Después de los problemas que se
plantearon con el uso de la X y, por tanto, con las identidades disidentes no
binarias, los cuerpos vulnerables dentro de sistemas patriarcales ganamos el
pulso. Esos cuerpos éramos y somos bolleras, trans* (ftm) y mujeres. Nos fuimos
contentes a casa pero sabiendo que seguramente vendrían más puesto que las
diferencias radicaban en la concepción de deseo, identidades…
Después algunxs participantes del
colectivo hicieron de la lucha por atender a las diversidades una lucha
instrumentalizada y sobre todo una lucha institucionalizada. Y cualquier lucha
institucionalizada no es una lucha para cuerpos diversos, puesto que los
espacios donde estás se llevan a cabo son espacios masculinizados al más puro
estilo cishet. Había en algunos participantes del grupo una necesidad constante
de estar en prensa, a modo de notas de prensa, otres de las participantes
estábamos diciendo que era necesario estar dentro, que no se puede hacer lucha
fuera si dentro no se habla, no se crea debate puesto que veíamos posiciones
lesbofóbicas, machistas y transfóbicas (y ver esto dentro de un colectivo
elegetebéplus es muy fuerte). Estas posiciones venían siempre a modo de risa y
de humor, o simplemente de invisibilización. Comentarios como “esta sociedad es
matriarcal, porque sois las mujeres las que mandáis”, “la lucha lgtb tiene que
ser apolítica” (no deja de ser curioso que en la actualidad se reúnan con
partidos políticos o sindicatos), “no debemos apoyar otras luchas que no sean
las propias del colectivo” (en alusión al conflicto Palestino-Israelí), o poner
en duda la diversidad de identidades trans y remitirse a ellas con el consabido
–y claramente dañino- “el cuerpo equivocado”. Sólo son algunas de las cosas que
se ve no debían de ser resueltas, que a pesar de los intentos por resolverse,
eran silenciadas y ninguneadas y otra vez, y lo que ocurre siempre es que lo no
resuelto es una bomba de relojería a los pies de la cama. La bomba de relojería estalló en UNA
conversación de wasap que conservamos íntegra, y que cualquiera que desee,
puede consultar, y que empieza porque un ex miembro de Chiguitxs LGBT+ -hoy
miembro de Transfeminalia-, bloqueó desde el twiter de Chiguitxs a un usuario
desconocido que estaba escribiendo tuits ofensivos, claramente homofóbicos y
machistas, en los que se burlaba del colectivo y del lenguaje inclusivo.
Nuestro compañero bloqueó la cuenta y lo comunicó en el grupo de wasap que
compartíamos lxs miembros de Chiguitxs, con la intención, simplemente, de
informar sobre el reporte, de lo que un miembro hoy aún activo de Chiguitxs, se
burló con un “pues a mí no me parece para tanto, o tanta, o tantx”, añadiendo
el consabido “sois unas exageradas”. A partir de ahí, una compañera trató de
explicar –con clara vocación educativa- que el lenguaje es un arma importante,
y que los discursos del odio se generan precisamente así (puso como ejemplo el
discurso del odio utilizado por la Alemania nazi). Compañera que, también, fue
ridiculizada. A partir de aquí, otra compañera que acababa de vivir una
historia afectiva complicada en Rumanía, precisamente, por la opresión social
construida en base a las palabras, expuso también desde el respeto y la primera
persona su vivencia personal, mostrándose vulnerable, a lo que este miembro de
Chiguitxs respondió con un “eso será tu opinión”, reduciendo así a una mera
opinión la vivencia opresiva por la que una compañera acababa de pasar,
infringiéndola así más daño aún, y dejándola en una situación total de,
podríamos decir, intemperie afectiva.
Algunas mujeres, bolleras y trans*,
alertamos de que la situación estaba siendo alarmante, y de que esto había que
atajarlo; a lo que se nos hizo el caso de “bueno ya veremos” o el “habrá que
limar asperezas”. Y demás cosas que lo que ponen de manifiesto es la intención
del no diálogo, del “ahora eso no es importante” y de intentar hacer de menos
los abusos y la lesbofobia y transfobia y machismo galopante que habíamos
sufrido. Porque el discurso subyacente era el mismo que lleva recibiendo el
feminismo desde tiempos inmemoriales, “ahora no es importante”, “sois unxs
exageradxs”, “tenéis que comprender que…”.
Se fue a la reunión y desde la
reunión se acusó a las personas que nos habíamos sentido violentadas de que
nuestros agravios eran, simplemente “cosas personales”, de tomárnoslo todo como
“algo personal”. Con esto, por si alguien no lo entiende, lo que se hizo fue
descalificar el discurso, un discurso que se sustenta desde unas bases
jerárquicas y opresoras a una mera
experiencia subjetiva deslegitimando de este modo el abuso o la fobia ejercida
desde cuerpos de hombres blancos que se denominan osos sobre cuerpos de mujeres, bolleras y trans*
blancxs. Cuando en la reunión, hicimos
saber que nos habíamos sentido claramente vulneradxs, violentadxs y dolidxs por
todas esas actitudes y comentarios machistas, y de burla hacia el lenguaje
inclusivo y las identidades no binarias, y que no estábamos dispuestxs a seguir
soportando ese tipo de cuestiones, la respuesta de quien hoy es cabeza visible
del colectivo Chiguitxs fue la de, con un lenguaje corporal con
una energía claramente agresiva –dada su envergadura, su cuerpo, y su modo de
ocupar el espacio-, espetar un grito con un “no voy a consentir que se hable
así a un compañero”. Un arranque de “defensa” que en ningún momento tuvo cuando,
de manera continuada, se habló así a las compañeras bolleras y trans*. Como si,
por otro lado, él fuese alguien para decidir si consiente o no consiente, como
si fuese el emperador del colectivo, el jefe de la tribu o alguna otra figura
patriarcal que, enseguida, se posicionó convirtiendo en “agresorxs” a quienes
nos habíamos sentido “agredidxs”; infringiéndonos así una especie de “castigo”
por haber osado a alterar la calma (la falsa calma, claro), con nuestras quejas.
Se insistió en que había que respetar a quien, en ese caso, había resultado ser
el agresor, pero ¿acaso él respetó las identidades?, ¿acaso él respetó los
conocimientos que con vocación educativa compartía una compañera?, ¿acaso él
respetó una situación de una compañera que comentaba sobre su experiencia?
Tras una discusión acalorada –no
están acostumbradxs a que cuerpos de mujeres, lesbianas y trans* se empoderen
en los espacios sociales-, se nos dijo, literalmente, que “si esto no nos
gusta, os vais”, y salimos por la puerta siete personas, quedándose 4.
No conformes con esto, utilizaron
ideas y llevaron a cabo acciones que salieron de nosotres, como la del “saldeunpax”
y la vendieron como propia. Algo que podemos demostrar porque unas amigas con
las que fuimos hace más de dos años de esto a IKEA nos hicieron una foto
saliendo de un armario del IKEA, y fue algo como muy familiar y divertido, y
desde ahí lo transportamos a una reunión anterior para hacer una performance
con ese mismo sentido con el que la hicimos la primera vez…
Eso por no hablar de que no
sabían diferencias entre género, deseo sexual, identidad y sospechaban de todo
lo que no era “normal”, más el intento constante de buscar la normalización y
la burocratización de nuestros cuerpos.
Después se nos ha acusado de ser
lxs disidentes –¡cuando nos echaron!-, lxs raritxs y lxs “personales” cuando en
la asamblea de Chiguites, en el momento en el que nos fuimos quedaron cuatro
personas y nos fuimos siete, perdón echaron a siete (más de la mitad del
colectivo, ojo), y una de las personas salió llorando. Nos fuimos a tomar unas
cañas y de ahí salió Transfeminalia, de esas cañas y de esos abusos. Y de la
necesidad de crear espacios de confort para cuerpos e identidades disidentes.
Porque una vez creíamos estar a salvo, pero nos equivocamos. Evidentemente, en
Transfeminalia hay nuevo tejido social, nuevos cuerpos que han sentido la
necesidad de aliarse en espacios de confort transfeministas, que no pertenecían
ni pertenecieron en ningún momento a Chiguitxs lgtb+, por lo que ese trato que
nuestro colectivo está y sigue recibiendo por parte de Chiguitxs (y que a continuación se relata), resulta
especialmente injusto y doloroso.
A partir de ahí, hemos trabajado
y participado de manera conjunta con la buena gente de la PAC LGTB+ Valladolid,
con quien no sólo nos unes las luchas, sino también las estrategias y la
vocación “transfeminista” (palabra de la que también se nos “acusó” en
Chiguites, como si fuese algo de lo que estar avergonzadx). Por eso, cuando nos
propusieron participar en la mesa de organización del orgullo CyL, pensamos que
estaría bien sumar voces distintas, distintos enfoques de abordar una misma
lucha. Sabíamos que en esa mesa iba a estar, entre otros, el colectivo del que
“nos echaron”, pero claramente, pensamos que las personas adultas por muy
“desviadas”, que sean, -como es nuestro caso, el de todxs, quiero decir- pueden
compartir luchas conjuntas. Pero nuestra sorpresa fue grande cuando Chiguitxs LGTB+
reaccionó de manera claramente negativa (conservamos mails que lo ilustran), y
se cerró en redondo a nuestra participación en el orgullo CyL 2015. A esta
negativa, se sumó, más diplomática, eso sí, pero negativa igualmente, la
postura de la FEcylgtb+, argumentando que
teníamos que pasar no sé cuántas cribas para ver si ellOs decidían “darnos
permiso” para participar. Evidentemente, Transfeminalia no quiere estar en una
mesa en la que le ponen trabas para estar, en una mesa en la que “deben darle
permiso” ya desde el principio. No deja de ser alucinante que quienes llaman a
la unidad, se apropien de los espacios de confluencia, de las organizaciones y,
si me apuras, también de la calle.
Ante esa situación, la PACLGTB+Valladolid y Transfeminalia, decide sumarse también a la celebración del
orgullo 2015 CyL, pero desde otro enfoque, y con otra óptica. Si la lucha
empieza en algún sitio, es en casa. Si el cambio ha de llegar, llegará por
nuestras camas y nuestros cuerpos y nuestras palabras, y entrará por nuestras
puertas y ventanas. Si quienes dicen estar por la defensa de la diversidad,
toleran y fomentan y silencian las agresiones, e incluso las perpetran, no sólo
no nos defienden, sino que además, invisibilizan y neutralizan nuestra lucha.
Por eso, ahora más que nunca, el orgullo será interseccional. Por eso el
orgullo será en primera persona, ahora más que nunca, será transfeminista, o no
será.
La Metamorfosis
de Kafka cumple en estos días 100 años. Una de las novelas más alucinantemente
lúcidas y dementes –sí, ambas cosas a veces se dan en el arte de un modo
maravilloso- que se han escrito nunca, cumple un siglo, nada menos. Y tal vez
no sea casual que los días en los que se conmemora la mutación de ese
respetable y anodino hombre gris que fuera en la novela Gregorio Samsa,
coincidan también con mi propia metamorfosis.
Según el
diccionario, una metaformosis es un cambio
o transformación de una cosa en otra, especialmente el que es sorprendente o
extraordinario y afecta a la fortuna, el carácter o el estado de una persona.
Tal vez esta definición resulte demasiado chispeante, después de todo –ya
sabemos lo que les gusta a los señores de la RAE almidonar las palabras con
toda esa apabullante y suntuosa naftalina lexicográfica- y, en mi caso, mi
metamorfosis no tenga nada de extraordinario o sorprendente, pero el caso es
que sí podemos hablar de cambio o transformación de una cosa en otra, de
variación, de mudanza –como les gustaba decir a los clásicos-, de “a otra cosa
mariposa”, como preferimos decir nosotros.
No deja de ser
curioso que para formular una frase hecha cuyo significado es, precisamente, el
de abandonar una cuestión o estado, elijamos precisamente al animal mutable por
excelencia. La mariposa, célebre por su metamorfoseo, viene a protagonizar una
de las frases hechas que más puertas al cambio nos abre y que resulta ser algo
así como el modismo de la muda, la frase que Gregorio Samsa hubiese pronunciado
alguna vez, la expresión que Kafka hubiese utilizado si hubiese escrito su
Metamorfosis en la lengua de las mariposas –antes conocida como lengua de
Cervantes-.
Todo estado,
Kafka lo sabía, es provisional. Y la provisionalidad de mis palabras en este
espacio, mi voz en este periódico, al menos de manera regular, termina con este
artículo mutante que ustedes ahora leen. Han sido siete años de compartir con
ustedes cosas y casos, palabras deshilachadas e hilos de pensamiento sobre la
ciudad, sobre la vida, e incluso sobre mí mismo, llegado el caso; pero ha
llegado el momento de la mutación, del cambio, de la muda. Porque cuando algo
se hace desinteresadamente, sin recibir a cambio más que la atenta lectura de
ustedes –que no saben hasta qué punto agradezco-, o se hace con infinito amor o
no se hace. O se hace, como el amor, con deseo y entusiasmo, o es mejor
dejarlo.
La cultura, en
el momento histórico que ahora vivimos, está siendo ninguneada sistemáticamente
con el firme objetivo de llevarla hasta el descrédito, hasta el ridículo, lo
que está impactando de un modo alarmante en los medios de comunicación y de
difusión, que son los encargados de difundir y también de cuidar toda esa
cultura, todo ese saber. Pero la precariedad también se está cebando con esos
medios. Mejor dicho, no con los medios, sino con los profesionales que trabajan
para esos medios. Redactores en prácticas, fotógrafos subcontratados, falsos
autónomos y otra serie de via crucis laborales por los que pasan los
trabajadores y las trabajadoras –altamente cualificadas, formadas y
profesionales- que levantan los medios de comunicación de toda España. Siento
que a toda esta gente que nos mantiene informados, que trae a nuestras casas
una ventana abierta al mundo, y a la que todavía le sigue importando la
libertad de prensa, la libertad de expresión y el derecho a saber, a conocer lo
que ocurre y cómo de un modo crítico y reflexivo, le debemos no sólo gratitud,
sino también un respeto. Un respeto que, personalmente, éticamente, me estaba
siendo imposible conciliar, pues siento que, con cada letra que escribo, con
cada cosa que les cuento desde aquí –más acertada o menos- estoy fomentando, de
algún modo, a que esa dantesca rueda de la miseria laboral se perpetúe. Como si
me fuese a la fasa de voluntario a ponerle gratis los asientos al Megane, para
que ustedes me entiendan. Pues bien. Esta es mi manera personal de mostrarles
ese respeto. Callando mi voz en este espacio. Silenciando la tribuna que aquí
he tenido abierta desde hace, como digo, alrededor de siete años. Una tribuna
que ha hecho posible que mi voz llegara a todos los rincones de la ciudad y de
la provincia, una tribuna que ha sido alumbrada como un privilegio. Un
privilegio del que estoy agradecido, pero del que ya no quiero disfrutar.
Entiéndame. De hecho, quizá ahora todo el privilegio radique en eso, en poder
decidir libremente el camino de tu mutación; en poder decir libremente “a otra
cosa, mariposa”.
No sé si esta
decisión puede tildarse de audaz o de tibia, pero tampoco es algo que me
importe demasiado. Me importa mucho más, ya digo, la situación de la cultura en
España, la situación del periodismo en España, emparentado en sus altas esferas
con los altos poderes políticos, económicos y empresariales, mientras a pie de
calle prolifera la “becarización”, los contratos basura, y una suerte de
“voluntariado” profesional que avergonzaría a cualquier país con un mínimo de
cultura democrática.
Dice Kafka que
un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros.
Y yo creo que tiene razón. Y creo también que el arte, la cultura en general,
debe ser esa hacha. La voz entusiasta es esa hacha. La voz colmada de alegría y
de fe en sí misma es esa hacha. El cambio, la muda, la metamorfosis. El saber
decir las palabras “crisálida” y “mariposa” sin que ninguna de las dos resulte
mejor que la otra y que ambas tengan sentido. Mutar. Ser mutante. Ser un ser
mutante. Reconocerse en el cambio. En las variables. Resultar paradójicamente
coherente. Encontrar remanso en la contradicción. Ganarse el respeto y
entregarlo de vuelta. Estar y ser agradecido.
Dice Paul B. Preciado que el amor es un dron. Lo dice aquí, en estas líneas, y lo dice después del amor. O mejor, después de que éste haya dejado oquedades y grietas horadadas en su ánimo. "Otro corazón roto", leía muy certeramente al pie de esta noticia. Pero yo leo en las palabras de Preciado, más bien el deseo frustrado de no haber podido amar para siempre. De no haber podido amar de ese modo en que nos dijeron, en que nos contaron que era amarse, eso que debía, forzosamente, ser el amor. Leo las palabras de Preciado y pienso en mí a los 8 años renegando de la fe un gélido cinco de enero y, de algún modo, claro, renegando del amor. Pienso en mí odiando a mis padres, odiando la ficción de los camellos y los reyes, cada regalo, la pantomima de las tres copitas de champán, la mascarada del turrón y las pastitas, la crueldad que conlleva saber, llegar finalmente a saber, ese momento, que la esperanza es una farsa y la ilusión una mentira. La decepción, la pérdida de la fe, el descreimiento. Descreer es doloroso, mucho más que no haber creído nunca, mucho más incluso que seguir creyendo, o fingiendo que se cree, bajo la sospecha o la certeza de que no hay nada más allá de la llaga en la que Tomás pudo y quiso hundir el dedo.
Leo este texto de Paul B. Preciado y me parece un texto descorazonadoramente tierno, como si asistiera, mientras lo leo, a una especie de antiepifanía, a un hallazgo desgarrador al que más valiera no haber asistido nunca. Ese momento frente a los juguetes, al pie del árbol y de rodillas sabiendo, contra todo pronóstico, contra todo deseo, que el árbol y los juguetes son mentira, después de todo. Leo este texto de Paul, tan candoroso, y me veo a mí, tan candoroso, y realmente quiero abrazarnos.
Pienso en Platón y estoy de acuerdo. Platón tiene la culpa, en gran medida y, en gran medida Disney y su factoría, que supo recoger el testigo idealista del binomio y del fijismo cultural que gira y ha girado siempre, en torno al amor. Por eso parece, en verdad, que es más o menos sencillo establecer lo que es el amor, de qué se trata. Plasmarlo en una imagen, en un lienzo o en el final de todos los cuentos que, nos han dicho, eran claramente cuentos de amor.
Lo pasé mal aquella noche del 5 de enero. Hacía frío y los camellos -eso creía yo- no volverían a ser jamás los camellos, no volverían nunca a tener la entidad que tenían en mi cabeza hasta aquella noche aciaga y descorazonadora víspera de reyes. Pero el tiempo pasó y, en éste, fui capaz de distinguir de un modo -aquí sí, casi epifánico-, la ficción de la mentira. Y pude constatar que, las más de las veces, ocupan espacios remotos. Cuando cumplí 17 quería estudiar filosofía o literatura. Tuve que decidirme por una, y no puedo estar seguro de que en mi decisión no influyera, de algún modo, aquel dolor tan descorazonador con el que me golpeó la verdad -menuda embustera-, aquella noche de reyes tan fría y oscura. Yo sólo tenía ocho años, pero descubrí de algún modo que los ejes verdad/mentira eran aparatos complejísimos puestos al servicio del dolor y de la hegemonía, y yo no estaba dispuesto a sufrir más de lo imprescindible (y si me apuras, ni siquiera éso). Dice Barthes que la ficción es una delgada despegadura que forma un cuadro completo. Y yo creo que tiene razón. El amor, según Barthes -y no según San Pablo- no es un dogma de fe, sino un supuesto abocetado que enardece la creación y la potencia. El amor son las glándulas de Skene de la voluntad, en el sentido más raciovitalista de la palabra. El amor eyacula e inocula, y puede ser un dron, claro que sí, pero como ficción puede, cómo no, ser cualquier otra cosa.
Cuando con 17 años elegí la literatura, supe también que elegía bailar con la más tonta, con la más superficial, con la guapita sin cerebro de la clase. Supe que le estaba pidiendo bailar a la que mejor la chupaba, pero también a la tenía todas las papeletas para convertirse en un juguete roto, en un cuerpo sin cabeza, en la zorra que a todos entretiene y con la que nadie quiere quedarse hasta el final de la fiesta. Sabía que bailaba con la que todos querían entretenerse un rato, metérsela un rato, para luego volver a sus asuntos y sabía que a ella tampoco le importaba demasiado. Pero a mí me interesaba toda esa parte. La hegemonía no sólo ya me había retorcido el alma demasiadas veces sino que, en verdad, nunca me había interesado; la lectura de las cosas en términos hegemónicos ya me había aguado la fiesta muchas noches, y yo no estaba dispuesto a que pasara otra vez, porque ya estaban levantadas las cartas de eso que vienen llamando realidad, y sobretodo porque la verdad era también un constructo, pero sin atisbo de ternura y por eso estaba lejos de llegar a ser una ficción.
La literatura, esta enamorada mía tan zorra y tan tierna, tan amantísimamente insana e insalubre y tan sanadora a veces, me ha enseñado, por ejemplo, que la historia de los sinsabores de las quimeras de los justos se repiten torpe y reiteradamente en la historia de la ficciones -que no es otra cosa que la historia literaria- y es candoroso leer a Lope de Vega, cuatro siglos después, en las anotaciones de Preciado sobre qué es el amor -quien lo probó lo sabe-. Todo eso me ha enseñado la literatura, esta guapa y tonta amante que elegí pudiendo elegir cualquier otra cosa. Todo esto me ha enseñado mi amor, también, el de verdad, el de carne y hueso, quien ha resultado y resulta ser un poco como la literatura. Ambas el doble de sabias de lo que las dijeron. Y el doble de perras, también, probablemente.
El amor es, como bien saben Lope y Paul -ambos lo probaron-, contradictorio. La identidad de género es, como bien sabe Paul -que lo ha probado- contradictoria. A ninguna de las dos Platón las quiere. Ninguna de las dos son mensurables, ni rigurosas, ni fungibles. Ambas son dúctiles, pero se comprometen. Ambas son frágiles, pero supervivientes. Y ninguna es lo que de ellas se dice en congresos, dibujos o revistas. No acabemos con los limoneros por el simple hecho de que sólo hayamos conocido el limón exprimido en nuestros ojos. Exploremos lo inexplorado, por superficial, por contradictorio, por poco riguroso, por inesperado. Un día cualquiera aprenderemos a hacer limonada, sin quitarle la razón a los que dicen que el limón escuece.
Ser nominalista en términos filosóficos te entrega de verdad lo que te quita de ternura. Y la verdad es una farsante que está lejos de contonearse como lo hace la ficción. Y yo, que huyo del dolor como del fuego sagrado de los dioses, sé que aquel es innegable en el amor, y éste necesario para comprender el deseo. Y voy por eso negociando también conmigo.
Escribo esto desde el amor. Soy un hombre enamorado. Y escribo esto también desde la ficción. Soy un hombre ficcionado. Soy un hombre ficción. Soy un hombre protésico. La ficción es una prótesis del deseo y el amor es una prótesis del amor. Podréis o no sintonizar con mis palabras, pero nada de lo que digo es mentira, porque lo que cuento no tiene un color que esté recogido en un pantone. Simplemente, no responde a las categorías verdad/mentira tal y como las conocemos en esta suerte de invención despoetizada a la que llamamos realidad. Escribo lo que escribo desde la propia escritura, que no deja de ser también un código protésico. Un paquete de elementos articulados que se organizan en función de las necesidades contextuales. Como mi cuerpo, como mi género, como el amor. Yo no quiero destruir el género, sino que otros géneros sean posibles, convivenciales. Yo no descreo del género porque no sé andar con tacones, y me parece realmente insolente decirle a quien performa el género que el género no existe. O decirle a Cervantes que el Quijote no existe. O a los millones de lectores que tiene y sigue teniendo. El género existe, pero tal y como está concebido, el género atenaza. El amor existe, pero tal y como está planteado -platoneado-, el amor es, claro que sí, "un bosque de llamas". Paul B., desde su nuevo nombre, ha creado un texto que es un tributo al amor, porque abre, en realidad, la ventana, a otros amores posibles, a otras nuevas maneras de amar, y a otros horizontes de expectativas respecto al amor. Paul, como yo aquella noche en la que los camellos parecieron esfumarse para siempre, ha abierto la puerta a la ficción -un texto literariamente maravilloso-, y de la ficción al amor, hay apenas una metáfora. Porque la ficción es especialista en escudriñar cada rincón de esta cartesiana realidad neoplatónica y siempre encuentra la manera de inocular polvo de hada (somos nosotros) entre las grietas de los socavones que dejan las heridas sin cerrar. A veces basta escribir a mano la carta a SS. MM. A veces, servirse y tomarse uno mismo tres copas de champán tiene la dosis justa de magia y de ternura para seguir sacando brillo a los zapatos, para seguir haciendo limonada y no ya crear o descreer del género o el amor, sino hacerlos, al cabo posibles, porque las metáforas eran esto, otros géneros y otros amores.
Asisto, desde la distancia, al pulso sociopolítico y cultural de mi
cuidad. Entro en las webs de la prensa local y trato de mantenerme lo
suficientemente cerca de las cosas que pasan como para que éstas no me pillen
por sorpresa. Leo. Navego. Pienso que no es verdad que la distancia te dé
perspectiva. Mentira. La lejanía no da perspectiva, sino pereza. Y la distancia
es una mierda porque exige un esfuerzo extra de contextualización, porque a fin
de cuentas, las cosas te están pasando y no, o te pasan un poco menos cuando no
estás en el meollo del asunto, en el ojo del huracán. Podría dármelas de
objetiva, ahora que la objetividad está tan de moda para todo, y decir que el
hecho de observar las cosas desde fuera me otorga una objetividad que de otro
modo no tendría. Podría decirlo, como si la objetividad fuese una especie de
garantía de veracidad, una especie de unción de sabiduría y conocimiento. Pero
nada más lejos. La objetividad es sólo aquello que unos cuantos han pactado
como norma y como cierto, en un momento y un lugar determinados. Pero no es, ni
mucho menos, evidencia de verdad irrefutable.
Así, una vez
aclarada y expuesta aquí mi tirria personal a lo objetivo como sinónimo de
certero, racional, veraz e indiscutible, me gustaría aquí romper también una
lanza por el rigor que se esconde en lo subjetivo. No olvidemos, por ejemplo,
que aquello de que la tierra se movía fue durante siglos nada más que una
opinión –y nada menos, diría yo-, hasta que la comunidad occidental optó por
erigirla a la categoría de objetiva.
Estamos, pues,
de acuerdo en que la subjetividad puede, por tanto, estar cargada de rigor y de
razones y la objetividad venir vacía de reflexión y perspectiva.
Veo a través de
los periódicos y las redes sociales, que a imitación del solidísimo proyecto de
Guanyem Barcelona –liderado por la carismática y lúcida activista Ada Colau-,
surgen en muchísimas ciudades, con mayor o menor acierto, propuestas similares.
En nuestra ciudad, claro, surge también una iniciativa similar, Ganemos
Palencia, y lo que de entrada debe –creo yo- ser motivo de alegría, empieza a
tomar la misma forma que el resto de las cosas. Que surja un movimiento de
estas características en la ciudad debería significar que la ciudad se mueve,
que la gente está viva, que sale del letargo, de la ataraxia enfermiza e infame
en la que nos ha aleccionado la política neo -pero ultra al fin y al cabo-
conservadora de los últimos años, y que empieza a importarnos lo que pasa a
nuestro alrededor y a las de nuestro alrededor. Pero claro, con la distancia me
vengo arriba, ya dije que no era cosa buena la distancia, y me creo yo misma
ficciones de las que luego no soy capaz de salir.
El proyecto
Ganemos Palencia tiene –creo- buenas intenciones, pero a estas alturas del
cuento, no hay nadie que no sepa ya que el camino del infierno está pavimentado
con esos mismos buenos propósitos. Me
parecería un proyecto fascinante, un proyecto que pretende repensar el papel de
la gente (no de la ciudadanía, por favor; ¿o es que acaso la gente que no vive
en la ciudad no tiene derechos?), si no fuese porque el movimiento está
incurriendo de nuevo en la misma dialéctica que preconizan quienes ya detentan
el poder. Veo a través de los medios, que el tejido social que conforma el
proyecto Ganemos Palencia es, en su mayoría, un tejido social envejecido,
formado por hombres blancos heterosexuales y de clase media que hablan sin
parar de economía. Ni rastro de diversidades. Ni rastro de atención a los
cuidados. Ni rastro de una mirada a lo doméstico, a lo personal, a lo
cotidiano, a lo pequeño, a lo invisible. Ni rastro de absolutamente nada que
evidencie con hechos –no palabras- que estamos de verdad frente a gente
diferente que levanta un proyecto diferente. Conozco y estimo a algunos que
forman parte del proyecto, y quizá alguno se enfade, pero no me importa. El
aprendizaje está en la crítica, y si no se saben detectar los agujeros,
difícilmente pueden repararse.
Tengo que decir
lo que veo, y lo que veo es que las diferencias a efectos prácticos con la
imagen que proyectan los medios de partidos conservadores como PP y PSOE son
más bien pocas. Es decir, que veo exactamente lo mismo que estamos hartas de
ver en las instituciones: hombres mayores llenitos de privilegios ejerciendo su
poder, ocupando los espacios públicos, tomando presencia, haciéndose presentes.
Claro que creo en las propuestas escritas de Ganemos Palencia, pero mientras
ellos se reúnen para hablar de igualdad –usando, por cierto, un lenguaje no
inclusivo-, sus mujeres están en la cocina haciéndoles la cena y cuidando de
sus hijos. Claro que creo en las propuestas de Ganemos Palencia, pero mientras
ellos se reúnen para hablar de integración, las dependientes o las diversas
funcionales no pueden acceder a las reuniones, ni a sus espacios, porque
simplemente no se hacen accesibles. Claro que creo en las propuestas de Ganemos
Palencia, pero mientras ellos se sitúan del lado de “la mayoría” –igual que
hicieran PP y PSOE-, las minorías seguirán estando invisibilizadas,
silenciadas, vapuleadas, hostigadas y arrinconadas.
Por eso le pido
a Ganemos Palencia, evidentemente, todo lo que jamás se me ocurriría pedirle al
PP o al PSOE. Como un ejercicio de autocrítica, por ejemplo. ¿Por qué casi no
hay mujeres implicadas de un modo activo y decisivo en este movimiento? ¿Por
qué apenas se acercan jóvenes, o migrantes, o diversas funcionales? ¿Tenemos de
verdad un discurso integrador, una óptica interseccional, una deuda con la
diversidad o estamos siendo tan sólo –y si es verdad hay, de una vez por todas
que asumirlo- señoros sin corbata?
Bingo para facilitarles las críticas a los señoros sin corbata
Hace unos días, me topé por redes sociales con el comunicado emitido por la Federación Castellano Leonesa de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (Fecylgtb). El comunicado es el que sigue:
El comunicado, como veis, no tiene desperdicio, y me resulta extremandamente cansado, agotador y extenuante seguir explicando por qué una y otra vez.
-Ausencia de lenguaje inclusivo: Para empezar, todo el texto está escrito en un clarísimo y marcadísimo género masculino. Algo que ya resulta agotador, pues si ni siquiera los colectivos lgtb+ cuidan el feminismo (que son deudores directos de él), no sé cómo vamos a pedírselo a los sindicatos, a la asociación de amantes de la capa castellana o a la sociedad.
- Ontología del lesbianismo y confesiones: Ese segundo párrafo, que se inicia con una especie de declaración ontológica de estado de la cuestión "Esther Catón, lesbiana", es a todas luces una afirmación no sólo no pertinente, sino que roza lo lesbofóbico. ¿Acaso importa si la persona que ha trasladado la solicitud en el registro se identifica como lesbiana, trans, bisexual o con cualquier otra identidad/tendencia sexual? ¿Es acaso SER lesbiana una cuestión, como digo, ontológica? ¿O ha de leerse más bien como una especie de confesión dignificatoria? Ese tipo de confesiones que han hecho siempre lxs antihéroes en las películas, para buscar la empatía a través de la compasión con elx espectadorx. Esas confesiones truculentas que arrancan de bocas de personajes del todo irredimibles (alcohólicos, drogadictos y ludópatas), que buscan redimirse a través del esfuerzo de la rehabilitación y el empático, compasivo y misericordioso perdón del espectadorx. ¿Estamos confesando algo? ¿Debemos las lesbianas y demás mostruitxs sexo-disidentes confesar que somos lo que quiera que seamos, como confiesan sus crímenes lxs delincuentes arrepentidxs?
-Machismo: "El que se impida el acceso a (...) a mujeres solas". ¿Perdona? A ver, cómo te lo explico: que una mujer no tenga pareja (o parejas) no quiere decir que esté sola, eso para empezar. Porque si seguimos afirmando tal cosa, estamos en realidad afirmando que la mujer, en tanto que cuerpo frágil, indefenso y débil, necesita estar emparejado siempre, por aquello de estar protegida, y que bastante tienen las mujeres solas, las pobres, como para que encima vaya la ley y no les permita ser madres (el único consuelo en la vida que les queda a su soledad). Ésto, que parece muy exagerado, no es otra cosa que la lectura que se extrae de esa expresión, que, como digo, sigue escondiendo, en verdad, unos modelos familiares absolutamente tradicionales, entendiendo otros modelos de familia (como las monoparentales), como si fuesen familias disfuncionales o, en el mejor de los casos, menos óptimas o felices/ideales que las de los anuncios del Kinder Sorpresa. Pero claro, uno -hablo por mí- espera que la federación que ha de defender tus derechos de monstruito queer, no preconice los mismos modelos que los huevos de chocolate o los colegios de curas, que vienen siendo la misma cosa.
-Negación de lo trans e invisibilización de lo +: Por si no estuviese suficientemente trufado de invisibilizaciones y atropellos al feminismo, el comunicado de la -atención- FeCyLLGTB solicita el acceso a la reproducción asistida a "todas las mujeres", excluyendo así de un plumazo a toda la comunidad trans y a todos aquellos cuerpos que son potencialmente gestantes pero que no se identifican con el término "mujer". No es de recibo, y creo que no debemos consentirlo, que quienes se están poniendo medallas a costa también de reivindicar los tan necesarios derechos trans a una asistencia sanitaria en condiciones (y no hablo sólo de protocolos de reasignación, hay muchas realidades trans que no pasan por quirófano), estén aquí negando el acceso a la maternidad de los cuerpos disidentes del binomio. No es cosa nueva que la comunidad médica lleva queriendo esterilizar los cuerpos de todas aquellas personas que se resisten a encajar y seguir reproduciendo los dos únicos y hegemónicos modelos, el consabido binomio hombre/mujer, y ya va siendo hora de que desde los colectivos que se supone que defienden nuestros derechos, se ponga de una vez por todas freno también a esta esterilización masiva de todos esos cuerpos disidentes del binomio. Hay hombres con vagina, y la Federación Castellano leonesa de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales no sólo debería saberlo, sino que debería visibilizarlo. Hay cuerpos potencialmente gestantes que no son mujeres, y que también deberían, como ellas, tener derecho a la paternidad, a la maternidad, o a como quiera que cada uno de esos sujetos quiera llamar a la experiencia procesual de gestar vida en su cuerpo. Y la Fecyl lgtb no parece enterarse, o no quiere.
No sé si todos los colectivos que abajo suscriben el texto están en verdad de acuerdo con el mismo. Si es así, ya podemos decir sin miedo a equivocarnos que el activismo lgtb+ en Castilla y León (en el sentido más institucional de la palabra, claro) no existe, son los padres. En cualquier caso, me gustaría escuchar/leer otras voces disidentes.
Saber si hay más cuerpecitos ahí fuera a los que este comunicado de prensa no sólo no les representa, sino que les llega a parecer insultante.
Si estOs son lOs que van a defender nuestros derechos, que baje Valeriè Solanas y lo arregle. Y por favor que sea pronto.
Escribo estas líneas desde un dispositivo electrónico móvil, uno de
ésos que llaman tablet, a cientos de kilómetros de mi casa. Como sabéis, las tabletas
no tienen un procesador de textos como word que te permita editar tus
documentos de un modo sencillo, y la solución a la edición textual más
razonable, pasa por descargarse del google play o del app store una aplicación
que haga, muy rudimentariamente, las veces de editor de textos. Escribo sin
teclado, o mejor dicho, con el teclado táctil de este dispositivo: pequeñas y
sensibles teclas que me obligan a escribir cada palabra con un cuidado excesivo
y una vigilancia minuciosa, para que el corrector ortográfico del cacharro no
haga de las suyas y me cuele caprichosamente alguna palabra, se coma alguna
coma o algún punto, o me obligue a elegir formatos que, de otro modo, yo no
hubiese elegido en absoluto.
Podéis pensar, al menos yo lo haría, que no hay razón para tanto
cuidado a la hora de escribir este artículo, un artículo que, además, pasará a
la historia sin pena ni gloria, muy probablemente, y que no hay mejor remedio
para no tener que enfrentarse a las grandes limitaciones de la tableta, que el
uso de un pc. Podéis pensar éso, y estaréis en lo cierto.
Pero lo cierto es que cuando uno tiene que viajar cada semana a un
lugar que no es el suyo, a una ciudad que no le pertenece, el equipaje siempre
pesa demasiado y cualquier objeto a mayores, cualquier aparato añadido a tu
maleta a última hora de la tarde del domingo, se revuelve el lunes contra tu
espalda con todo el peso de la tierra. El tren que te lleva lejos de casa,
terco y obstinado, es también el mismo tren amable y esperanzado que te trae de
vuelta cada viernes, y los días laborables se convierten en meras estaciones de
servicio en las que uno espera, con verdadera impaciencia, la llegada de ese
viernes que, de nuevo, le trae su vida de vuelta.
Porque tu vida, al fin y al cabo, se queda donde está tu familia, que
es tu casa, se queda donde están tus amigos, que son tu casa, se queda donde tu
amor y tu perro, que son claramente tu hogar, cuidan de tu vida entre semana
hasta que vuelves a ella. Vivir fuera de tu vida no se parece a niguna otra cosa.
Que te cuenten tu vida por teléfono y te manden fotos de caras y rincones
cotidianos no se parece a casi nada. Por éso del exilio se sabe siempre más
bien poco, porque las vidas de quienes allí van a parar durante un tiempo, se
quedan detenidas mientras tanto, como trenes de corto recorrido aparcados en
vías auxiliares.
El exilio, en realidad, no es estar lejos de tu casa, sino fuera de tu
vida. Porque, al fin y al cabo, estar lejos de casa pero con tu vida, estar
lejos de casa pero con tu amor y con tu perro es, sabedlo, estar en casa.
Pero fuera de casa no se puede bailar. Uno no termina nunca de coger el
ritmo. Fuera de casa todas las cosas se parecen a tu casa y todos los perros se
parecen al tuyo, pero no deja de haber algo en sus andares, algo en sus ojos
que viene a recordarte con una retorcida levedad, que ninguna de esas vidas es
la tuya, que sus adorables y livianos paseos no te pertenecen. Por eso lo peor
de estar fuera de casa no son todas las cosas ajenas a tu vida que te circundan
alrededor, sino los huecos que dejas en tu mesa, el espacio de tu sofá que se
queda sin cubrir, el paseo matutino que no das por tus calles, el hueco del
sueño que no sueñas en tu cama: todo aquello que no puedes compartir.
¿Y quién no tiene un amor?, se pregunta Alejandra Pizarnik en aquel
poema titulado Exilio. Porque el exilio es éso. El exilio es tener un amor, un
perro y una casa. El exilio es que te guste mucho tu vida y tengas que mirarla
desde lejos.
El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi vida es
el mismo trabajo que puedo hacer en mi casa, o a unos poco kilómetros de ella.
El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi casa es un
trabajo idéntico al que estará haciendo alguien que esté ahora mismo trabajando
en mi cuidad, a cientos de kilómetros de la suya. Todos los perros que pasean
junto a él cuando sale de trabajar, son mi perro. Todos los perros que pasean
junto a mí cuando salgo de trabajar, son el suyo. Vemos pasar cada día los
huecos que en su vida ha dejado el otro, y no nos atrevemos a rebelarnos contra
un sistema que sólo sabe fabricarnos agujeros. Un sistema de organización
política y social que nos arranca de nuestras vidas y aún pretende que le
bailemos el agua. Que le estemos agradecidos. Un sistema de gestión del
territorio que lleva a un profesor de matemáticas de Chiclana a dar clase de
tecnología en Iscar, y a un ingeniero industrial de Valladolid a dar
matemáticas en un instituto de Cádiz.
Condenados a vivir fuera de nuestras
vidas y ver pasar las vidas de los otros en fugaces ráfagas de destellos, como
en aquel cuento de Italo Calvino en el que los amantes nunca llegan a
encontrarse. Condenados a esta extra territorialidad perversa, deslocalizados
de nuestros afectos, de nuestras empatías, de nuestros pormenores. Saqueadas
nuestras casas, desalojadas nuestras rutinas, externalizados nuestros pulsos,
nuestros quereres, nuestros abrazos. Nos están dejando sin abrazos y no
deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta, y ese alguien tendríamos
que ser nosotros. Una generación formada hasta el escándalo, obediente y sumisa
hasta la ofensa, conservadora y crédula hasta rozar el disparate. Una
generación que se ha tragado más cuentos y más jarabes de los que cualquiera
hubiera podido digerir, y que sin embargo ahora comprende, maleta a la espalda,
agujero a la espalda, que todo era, la verdad, mentira, y que el precio es
llevar una vida zombie, walking deads caminando alrededor de las vidas de otros
que, también, tuvieron que abandonar la suya. No deberíamos consentirlo.
Alguien debería decir que basta y ese alguien deberíamos ser nosotros. Una
generación nieta del exilio, vapuleada por la precariedad, la provisionalidad y
la urgencia. Una generación que ha leído menos poemas de Alejandra Pizarnik de
los que hubiesen sido deseables para hacer la (re)evolución. Una generación a
la que le hubiese ido mejor desobedeciendo al padre y abrazando a los poetas.
Os escupo en la cara, que decía Federico. Os escupo en la cara. Desde este
teclado provisional, desde las periferias de mi vida, os escupo en la cara a
vosotros, viejos engolados de poder y corruptelas, hombres viejos, oligarcas.
Os escupo en la cara como Federico. Porque alguien debería decir que basta -¿no
tenemos, acaso un amor?-. Alguien debería decirlo -devuélvannos nuestras vidas,
nuestro derecho al abrazo- y tendríamos que ser nosotros.
Maripuri, una mujer heterosexual, anuncia en fb a sus amistades que está embarazada. Las felicitaciones se suceden. Entre éstas, un comentario de un hombre heterosexual que dice lo siguiente: "Olé ese Manolo, qué crack!" -Manolo es el marido de Maripuri-. Ese comentario, que tenía más "me gustas" que ningún otro, incluido el de la propia Maripuri, es un ejemplo palpable y eficaz de machismo, sexismo y apología de la heterosexualidad. Ese comentario, aparentemente inocuo, está no sólo naturalizado y normalizado, sino que también es oído de un modo recurrente en situaciones como ésta. Un comentario que resulta verdaderamente ofensivo, y que alimenta lo que se ha venido llamando "cultura de la violación". Trataré de explicar por qué.
1. Ignorarla. Para empezar, este comentario ignora de manera deliberada a una mujer que está dando una noticia sobre SU estado, sobre el estado de SU cuerpo, desde SU muro y quien hace un comentario así, ni siquiera se dirige a ella, ni siquiera le dirige la palabra, sino que directamente la ignora. No le habla. No le pregunta qué tal se encuentra, si todo marcha bien, si necesita algo...; tampoco la felicita, ni le desea lo mejor, ni muestra sorpresa ante la noticia... Nada. simplemente, ella no existe.
2. Potenciar la invisibilización de ella hablando de él. Pero es que el asunto va más allá. Y es que la existencia de ella, su estado, está en función del marido de ella, un hombre que ni aparece en la conversación, ni ha dado la noticia, ni está en ese muro, ni se le espera. Es decir, que el sujeto que hace este comentario, no sólo ignora a Maripili, sino que no puede tolerar que Manolo no esté presente, y tiene que traerle a la conversación a toda costa. Ella, no sólo no es nombrada, sino que es ignorada, y sin embargo a él se le nombra -aún no estando si quiera en la conversación-.
3. Invisibilización de los "méritos" de ella y amplificación de los de él. Este comentario, además, resulta especialmente ofensivo, por la alabanza -"qué crack!"-que el sujeto que lo hace dedica a Manolo, motivada por la "gran hazaña épica" de que uno de sus espermatozoides haya fecundado un óvulo de Maripuri. Por supuesto que los óvulos de Maripuri, como la propia Maripuri, no existen, y no tienen más entidad propia ni más finalidad en el mundo que servir de meros continentes de las grandes hazañas del héroe, el hombre, el macho, Manolo. Como si dejar embarazada a una mujer fuese una heroicidad, algo más propio de caballeros andantes o superhéroes que de los mamíferos.
4. Desprestigio de otras masculinidades. Por otro lado, si la heroicidad consiste en "preñar a una mujer", cabe pensar, como es evidente, que los hombres infértiles, los vasectomizados, los impotentes, los maricas y los trans*, son todos unos mierdas que nunca van a poder llegar a la categoría de "héroe", de "macho peñador". Nunca serán "un crack", esto es obvio.
5. Identificación de la heterosexualidad con la fecundidad, la destreza amatoria y la masculinidad. Además, está todo ese asunto de vincular el vigor sexual, con la masculinidad, la heterosexualidad, el nivel de hombría y la actividad espermática, como si cada uno de esos conceptos fuese indisoluble correlato del anterior. Como si no se pudiese ser marica y masculino, o vigoroso e infértil, o cualquier otra combinación posible. Es más, como si no se pudiese dejar embarazada a una mujer siendo un pésimo amante, o más aún, siendo marica.
6. Naturalización de la cultura de la violación. Pero lo que más me preocupa no es que este tipo de comentarios se signa (re)produciendo, sino el hecho de que sean naturalizados, aplaudidos y, en el mejor de los casos, justificados por quienes se consideran feministas, por quienes consideran que están en relaciones igualitarias, por quienes siguen creyendo que son, eso es lo triste, más modernas que sus abuelas.
Un comentario así alimenta la cultura de la violación. Un "me gusta" en un comentario así, la perpetúa.
NOTA: Más info sobre la Cultura de la violación, aquí.
Tratar con las
instituciones es agotador. Y no. No se trata tan sólo del consabido asunto de
la ventanilla, aquella especie de abulia administrativa de la que parece
adolecer algún que otro funcionario de la administración, que tan
elocuentemente retrató Larra en su conocidísimo artículo “Vuelva usted mañana”;
sino que es más bien una cuestión orgánica, casi fisiológica, que responde más
a cuestiones funcionales, casi motoras, que a cualquier otra cosa.
Porque lo cierto es que llevamos
décadas engañadas. Las instituciones no son, en realidad, instituciones, sino
enormes animales prehistóricos o míticos cuya capacidad de movimientos es
directamente proporcional a la velocidad que imprimen y que dejan imprimir en sus
acciones. Aquello a lo que las ciudadanas llamamos tan alegremente instituciones, no son sino
construcciones megalíticas inamovibles, gigantescas masas mastodónticas cuyo
peso cae y recae, ahí está lo malo, sobre nuestras frágiles y menudas espaldas.
Y están vivas. Y tienen hambre de estatismo. Y claro, hay que alimentarlas.
Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autónomas, Ministerios. Seres de
tamaño monstruoso. Y yo me pregunto si mastodontes de tamaña índole pueden, en
verdad, representarnos, tan frágiles y orgánicos como somos nosotras,
animalicos domésticos y mamíferos pensantes. Y evidentemente la respuesta es
no. La respuesta es que no, porque las instituciones, lejos de estar hechas a
imagen y semejanza de sus representadas, se sitúan en las antípodas de éstas.
En las antípodas de sus vidas, de sus velocidades, de sus necesidades, de sus
ritmos, de sus pulsos, de sus sistemas respiratorios y de sus modos y maneras
de organizarse la vida cada día.
Porque al fin y al cabo, todo es
una cuestión de contextos, de planteamientos organizativos y de cómo se
utilizan y se gestionan los recursos y se dan valor a éstos, no a través del
peso político e institucional, sino a través de las personas, de la gente, de
la vida. Esos monstruos ciclópeos que son las instituciones, siguen creyendo
aún que Parménides tenía razón cuando decía aquello de que “algo que existe no
se puede convertir en nada”. Parménides, fijista convencido, inmovilista de
cuidado, pero también de vocación, elaboró un proyecto filosófico que hoy,
todavía, hace las delicias de quienes pretenden que lo que no se mueve, que lo
que queda inmovilizado, siga funcionando como si nada. Como si el mundo no hubiese
cambiado más en estos últimos 20 años que en toda la Edad Moderna. Pero el
mundo, al menos el nuestro, claro, el más inmediato, ha dado tanto giro y tan
diverso, que ha dejado a toda esa filosofía fijista de la que tanto presumen
las instituciones, sin un solo argumento de peso que llevarse a la boca. Y es
que el mundo, es ciertamente un lugar cambiante y móvil, como ya supo ver el
bueno de Heráclito –un señor de mi libro
de filosofía-, que tenía más razón que un santo con aquello de que uno no
se baña dos veces en el mismo río, pues el
acontecer del mundo es un flujo permanente.
Pero los gigantes a los que
llamamos juntas y ministerios, creen no necesitar ciertas
cuestiones que hoy son imprescindibles y siguen considerando como
imprescindibles muchas otras cosas que nosotras ya no. Los gigantes
ministeriales tienen algunos sótanos plagados de material informático sin usar,
miles de libros en su embalaje original esperando a ser catalogados, y material
y muebles de oficina precintados, esperando en vano que alguien vaya
rescatarlos. Mientras tanto, otros lugares gestionados por la misma institución,
un colegio, pongamos por caso, o un ambulatorio, no tienen mesas suficientes, o
los ordenadores con los que preparan los exámenes o anotan los historiales, son
casi tan antiguos como aquellos spectrum de 8 bits de hace 30 años; y sin
embargo, no se puede hacer un simple trasvase, no se puede decir, oye, que en
tal sitio tienen material de sobra que falta en este otro lugar, trasladémoslo.
Esto, que parece tan sencillo en la cabeza de cualquiera, parece resultar
imposible en las mentes fijistas de nuestros cíclopes institucionales. Los
polifemos de nuestras instituciones tienen el cerebro verdaderamente mermado,
además de una visión notablemente sesgada –como puede suponerse- que cuenta,
además, con la insana costumbre de no mirar nunca de frente, sino de arriba
hacia abajo, con el consabido agravio que eso conlleva –sobre todo para quienes
estamos abajo, claro está-, por eso resulta tarea fútil hacerles ver ciertos
asuntos. Corres, claro, el riesgo, de que el monstruo te responda con rugidos,
pues el monstruo no sólo no entiende la crítica, sino que además la aborrece, y
no puede siquiera contemplar la posibilidad de que ésta pueda darse dentro de
sí, con una clara y sana intención constructiva, con verdadera vocación de mejora,
de evolución, de crecimiento. Los mastodontes institucionales, en su enormidad
inútil, no dejan que nada crezca y para ello, hacen depender de sí cada tentativa
móvil de quienes creyeron en Heráclito. Los mastodontes institucionales siguen
usando la cultura y el arte como azogadores de una suerte de imagen del imperio
estático que creen representar, en una especie de fantasía megalomaníaca que
sólo existe en su cabeza monocular.
En pleno siglo XXI, año 2014, los
polifemos institucionales nos han amarrado a su maquinaria y después han parado
los motores. Nos han hecho creer que son más importantes sus aparatos que
nosotras, que somos quienes los ponemos en marcha. Las ciudadanas, atadas de
pies y manos como aquel elefante sujeto por un hilo invisible, seguimos
cometiendo el error enorme y fantasmagórico de creer que quienes gobiernan al
monstruo son los dueños del mismo. Como si la democracia consistiese en decidir
quiénes van a ser, esta vez, los dueños de todas nuestras cosas.
No deberían olvidarse, juntas y
ministerios, cíclopes y polifemos, de que, por más que quieran atenazar e
inmovilizar los gigantes, el sol tiene el
tamaño de un pie humano y el día que por fin sepamos la fuerza que tenemos
desde nuestra pequeña humanidad, se hará de noche para siempre en la tierra de
los gigantes.
El poder, tal y como lo conocemos hoy, es necropoder. El poder, de hecho, despojado de su prefijo, de su cualidad necrosante, no existe si no en los confines de una retórica utópica y feminista. Hace apenas unas horas leía este maravilloso artículo de Beatriz Preciado. Apenas unas horas después, un miembro no humano de una familia infectada por ébola (ella) y en cuarentena (él) era asesinado para simplificarle la vida a la ministra, y a su Jaguar, y a su confeti.Una familia ya, de por sí, jodida por el poder y por las decisiones tomadas por éste en nombre del especismo, y probablemente también, en nombre de la Virgen de Fátima, que no es sino otra suerte de machismo, de clasismo, de racismo, de etnocentrismo y de basura jerarquizadora y jerarquizante. Otra suerte de suela de zapato acercándose, legitimada, a la cara de lxs débiles -o mejor, de quienes han sido debilitadxs por el poder-, de los animales, de las mujeres, de lxs mutantes. El poder jerarquiza y la jerarquía mata, asesina, extermina, aterra, liquida, elimina. El feminismo no va de mujeres, sino de mutantes. No va de mi especie, sino de mi familia. El feminismo es una suerte de cruzada transversal en la que no cabe comparación alguna. El feminismo no compara, antes bien, "para con" otrxs la atrocidad necrosante de la jerarquía. El feminismo muta, porque el poder necrosa. El feminismo es el ánimo y el ánima. El feminismo será animalista o no será.
El feminismo pica, y huele mal, y es un engorro, y un rollo, y una lata. El feminismo es como pasarle el mocho a la vida, limpiarle el polvo a tus contextos, barrer bajo los muebles de tus semejantes. ¿Sabes esos remolinos de mugre que salen bajo la cama y que tú no te puedes creer, por más que lo pienses, que estuvieran ahí? Pues es el feminismo el que los saca a la luz y hace que tu alcoba deje de parecer el Far West. Es el feminismo el que te recuerda que si la casa no se limpia a menudo de mugre falócrata y machirula, la mierda acabará por engullirnos. Por eso el feminismo es una lata, porque siempre has de estar todo el día con la mopa ojo avizor -la mugre sale incluso de nuestros propios organismos- pero merece la pena, porque te va dejando la vida tan limpia y refulgente que da gusto estar en ella. Pero eso sí, tiene una pega. Una pega enorme, una pega inmensa: cuando descubres el asombroso poder del feminismo, ya no puedes dejar de utilizarlo. Simplemente no hay vuelta atrás y no puedes dejar de detectar esa pequeña pátina de polvo patriarcal, porque tú sabes que está ahí y que, si la dejas, si no la eliminas ahora, en un par de días vas a tener la vida como el arpa de la Rima de Bécquer: silenciosa y cubierta de polvo.
Por eso hacer feminismo es también –y yo diría que sobretodo- detectar y denunciar lo que pasa en nuestros entornos más próximos, en esos en los que se supone, estamos, en la medida de lo posible, a salvo del patriarcado.
Puedes cofundar junto a otrxs compañerxs, un colectivo con la vocación de visibilizar y defender los derechos lgtb+ y hacerlo, con especial énfasis, a nivel local, provincial y regional. Podéis cofundar el primer colectivo lgtb+ que se gestara en esta ciudad ever, y la cosa podría resultar ilusionante. Que el tejido social de un colectivo sea muy heterogéneo, identitaria y culturalmente hablando, nunca sé si es bueno o malo. Pero me pasa también con un millón de cosas. Lo que sí sé que es bueno es llegar a acuerdos de mínimos. Y se llegan. Se llegan para arrancar, se llegan para seguir, para empezar a seguir, pero se llegan, sobre todo, porque no podría ser de otra manera. Óptica feminista, inclusión de identidades no binarias, apoyo a otros movimientos sociales afines. Se anda camino. Se hacen propuestas y se anda un camino más institucional que callejero, más visibilizador que empoderante, pero un camino al fin y al cabo, ancho como para poder seguir depositando en él la fuerza y la alegría.
Siempre hay cosas que no te gustan, claro, pero las pasas por alto. No te vas a poner tiquismiquis. No vas a ser tan picajosx, tan exageradx, tan histéricx. Siempre hay un compañero tecnócrata que afirma que la lucha lgtb es apolítica, y tú discutes un poco, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y misántropo que desde la más profunda ignorancia antropológica afirma altivo y complaciente que España es un matriarcado “porque las mujeres sois las que mandáis”, y tú discutes un poco, y te reivindicas como “no mujer”, como “cuerpo no binario”, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y transfóbico que vuelve a recordarte el diagnóstico del médico que te vio nacer. Y tú discutes un poco, ya sobre tu propia identidad. Y te ves discutiendo sobre tu propia identidad con un hombre que no eres tú, y discutes un poco (es tu identidad lo cuestionado, qué demonios), pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído, como que no vas oyendo nada.
Evidentemente, la violencia simbólica de la que ya nos habló Bourdieau nos ha enseñado que a Rouuseau se le viene haciendo mucho caso. “Toda la educación de las mujeres –esto dijo Rousseau- debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, propiciar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacer que la vida les resulte agradable y grata, tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos”.
Y es por eso, porque “debo” hacer que la vida a mis compañeros les resulte agradable y grata, discuto un poco para que crean que puedo serles de utilidad, pero no tanto como para que todo se vaya a la mierda “por mi culpa”, y es entonces cuando llega el momento de callarme y no decir nada.
Ellos crecen en el espacio simbólico, se mueven con holgura, sin sisas que tiren de sus mangas, sin culpas, sin miedo a ser cuestionados, sin miedo a ser culpados de saber mucho y parecerlo, o demasiado poco y parecerlo también. Piensas en Rousseau y después piensas en gasolina. Piensas en Rousseau ardiendo, Rousseau on fire, y te pones cachondx, pero de nuevo la estructura opresora te interviene el cerebro: si eres feminista no puedes hacer que nada arda, si crees en la horizontalidad no te puedes imponer por la fuerza. Si crees en los cuidados y el amor, no puedes, por amor de diosa, destilar tanta violencia. Pero en verdad toda esa violencia –tildada de ilegítima en tanto en cuanto es la tuya- no es tuya, en realidad, sino que se ha depositando en ti a golpe de opresión, a golpe de silencio, a golpe de dominación sigilosa y hegemonía callada. A fin de cuentas, el poder no necesita utilizar fuerzas no legitimadas para imponerse. De hecho, el poder es poderoso por eso, porque tiene a su disposición todas las fuerzas del mundo para, en el momento en que sean usadas por él, se legitimen automáticamente en nombre de la coerción. Los puñetazos en la mesa del padre tienen sentido. Los puñetazos en la mesa de la hija, son intolerables. Te viene Rousseau a la cabeza, y aquella expo en la que Rousseau era decididamente un mierda, y reportas en twitter desde el perfil del colectivo lgtb+ al que perteneces, una cuenta homófoba y machista; pero pronto un compañero cuestiona tu actuación, la juzga, la valora y la evalúa como si fuese un padre, un tutor o un jefe. Como si asumiese de modo natural el rol de figura de autoridad y tú tuvieses también que asumir el rol de subalterna, de tutorizada, y le hubieses pedido permiso, u opinión, u aprobación de tus actos. Y te cuestiona a ti, y a todas cuantas comprenden que no puede tolerarse la intolerancia dentro del activismo lgtb+, y os tilda, a su vez, de intolerantes. Y os dice cómo hay que ser, cómo actuar, en definitiva, para que “su vida sea más agradable y grata”, porque ya lo dijo Rousseau, a fin de cuentas, que esa es la finalidad de “las mujeres”. Se hace el silencio, esa clase de silencio que se hace siempre que el poder irrumpe en alguna parte dando su puñetazo simbólico en la mesa, en su mesa grande y alta. Un puñetazo que nadie cuestiona, que nadie puede ni se atreve a cuestionar. Porque así son las reglas. Así las normas. Hechas a imagen y semejanza de quien ha de venir, después, a usarlas en su favor.
Así que después del silencio, una compañera discute un poco, pero como no quiere que todo se vaya a la mierda “por su culpa”, la de ella, claro, pues calla y hace como que no ha oído nada. Y el machismo se filtra en los mensajes, y la burla al lenguaje inclusivo campa en los espacios de confort, en lo que tú creías que eran espacios de confort, y la chanza, y el daño infringido desde esferas que detentan un poder social, un poder simbólico, un poder estructural, un poder hegemónico, un poder de culo blanco de marica patriarcal, que diría Virginie Despentes, se sucede gota a gota, o torrencialmente ya, qué demonios, para qué andar con disimulos. Porque total qué más da, si luego nosotras callamos, aunque discutamos un poco, pero callamos, porque no queremos que el dedo del opresor nos juzgue y dicte finalmente el veredicto de que todo se ha ido a la mierda y de que ha sido por culpa nuestra.
Así, de ese modo, tus vivencias personales son reducidas a meras opiniones, tus problemas no son tus problemas, sino tus infantiles e insignificantes puntos de vista, y tienes que aprender a ser lo suficientemente dócil, lo suficientemente complaciente, lo suficientemente idiota, como para sonreír cuando te digan que tus movidas son eso, y aquí no interesan demasiado tus movidas, porque no son más que eso, al fin y al cabo. Tus movidas. Porque no son importantes.
Después, cuando de ti no quede apenas un campo de minas desmembrado en la muda batalla de la simbología social y estés a punto de convertirte para siempre en el arpa silenciosa y polvorienta de Bécquer, volverás a la gasolina, porque realmente tampoco tienes gran cosa que perder, a fin de cuentas, y recordarás, hablando de Bécquer, que fue el romanticismo quien se cargó el despotismo rousseauniano, aunque luego saliera la cosa como fuera, y no querrás otra cosa en este mundo que ver arder al poder muy fuerte y, aunque no sea legítima tu llamarada, acabar con Fernando VII con tus propias manos.
Emily Dickinson tenía razón cuando dijo que ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie. Y bueno, de algún modo, ser feminista es darle la razón a Emily Dickinson. Porque cuando te pones de pie y es tu puño el que golpea sobre la mesa, el orden de las cosas convulsiona. Cuando te pones de pie y no discutes un poco, sino que peleas tu espacio hasta la llamarada, Rousseau empieza, por una vez, a no saberse a salvo. Cuando te pones de pie diciéndote a ti misma que te da igual que todo se vaya a la mierda por tu culpa, porque ya se sabe, al fin y al cabo que, pase lo que pase, la culpa será tuya después de todo; en ese momento, tú eres un poco el verso discordante de Emily Dickinson, ese que hará que el poema de tu opresión se vaya a la mierda.
Obviamente habrá hombres que te digan que fue culpa tuya. Obviamente lo hará la mayoría y, obviamente, tendrás la culpa. Por excesiva, por exagerada, por histérica. Obviamente el agravio correrá de tu cuenta, obviamente. Porque no distingues nada, porque eres desmedida, porque no atiendes a razones. Obviamente la violencia será de nuevo volcada sobre ti como un gran cubo de mierda lleno de basura simbólica, porque el patriarcado no se anda con chiquitas. Y serás juzgada, como siempre, por otro lado, pero con mayor virulencia, porque esta vez has osado, -¡cómo osas!, ¡cómo osas a osar!-, y has gritado, y violentado y has sacado algo de toda esa virulencia, ya era hora, y has puesto sobre la mesa la gasolina y el mechero. Obviamente vendrá quien te diga que has perdido las formas, porque una señorita tiene que guardar las formas, qué demonios, ya lo dijo Rousseau, pero tú no eres una señorita, qué demonios, tú eres un cuerpo acumulando su ira, tú eres su contenedor social de pestilencia, pero estás a punto de reventar, y ya se sabe lo que pasa cuando los contenedores revientan.
Supongo que habrá quienes siguen creyendo, todavía, que comer mierda te hará cagar flores algún día. Pero lo cierto es que seguir tragando basura patriarcal, venga de donde venga esa basura, no hace otra cosa que alejarnos de Emily Dickinson. Y estar lejos de Emily Dickinson siempre es una mala noticia.
Por eso, como dice Itziar Ziga, debemos “seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia”. Porque, a la hora de la verdad, ninguno de esos que dicen defender tu causa en abstracto vendrá en concreto a defenderte a ti. Ni verás esos cuerpos de hombres henchidos de privilegio arriesgar un ápice de hegemonía en nombre de tu disidencia, de tu golpe en la mesa, de tu llamarada. Probablemente todos los que una vez dijeron que estaban contigo cuando no los necesitabas tanto, estarán contra ti o no estarán en absoluto, ahora que hacen falta. Porque exageras, porque pierdes las formas, porque pierdes la razón. Porque te lo tomas todo como algo personal, porque eres una de esas personas que se toma las cosas como algo personal, qué desfachatez, vaya actitud intolerante, y porque estás haciendo de las vidas de los hombres lugares nada agradables ni gratos, y ya dijo Rousseau que aquello no estaba bien. Porque una cosa es ser feminista y hacer pancartitas pro igualdad y otra muy distinta es quitarle la razón a Rousseau. Y porque al final, desde los ojos de los sujetos hegemónicos, desde los ojos de los culitos de hombre blanco (por más horadados que estén esos culitos), se ha de ser lo suficientemente feminista como para no parecer un neardental, pero no tanto como para llevarle la contraria al ilustrado.
Porque ya se sabe que en el medio está la virtud, y el medio es ese lugar –sabedlo- que ellos han instaurado como medio.
El feminismo del cuerpo hegemónico (por muy marica que sea ese culito blanco de caballero) es –salvo contadísimas excepciones- un postureo pequeño burgués; es una suerte de narcisismo social del varón blanco, que gusta de recibir de vuelta una imagen de sí mismo remozada y agradable, amable y progresista, de gentilhombre. Es el buen caballero, el cortesano del que hablara Baltasar de Castiglione en el Renacimiento, sólo que en su versión postfordista. El cuerpo hegemónico habla de feminismo, pero no necesita que el feminismo lo salve. El cuerpo hegemónico grita consignas feministas, pero no necesita que el feminismo lo arme para volver a casa por el camino menos transitado. El cuerpo hegemónico que se declara feminista es el lobo bueno del cuento, y a los villanos que se vuelven buenos hay que quererlos el doble que a las mocosas desobedientes. El feminismo es para el caballero la camisa de pana, la mocedad, la barbita recortada, la espumita en la cerveza bien tirada. Pero el feminismo, para lxs demás, es la calle vacía de madrugada, la violencia de mear sentadx, no poder ponerse de pie y tener sistemáticamente el peso del ardor mundial los hombros. Para el caballero, el espejo, para lxs demás, la esquina afilada y rota del cristal. Para él, la vida social; para el resto, la propia. El caballero cree que el feminismo es el parque temático de la progresía mundial, y no se da cuenta de que “el feminismo es una revolución, no un reordenamiento de las consignas de marketing”. El caballero no se da cuenta de que cuando el feminismo comienza –no el de la americana con coderas, sino el de verdad- no puede parar, porque es más que personal, porque te aprieta la vida, y porque te hace ver con una claridad meridiana que empieza a ser ya más que urgente que Rousseau vuele por los aires, mientras matamos a Fernando VII con nuestras propias manos mientras recitamos un poema de Emily Dickinson.Y escuchamos, también, este tema de Viruta FTM.