jueves, 1 de marzo de 2012

IDIOTA


En 1994, creo, o en el 95, no recuerdo exactamente, la novela Historias del Kronen, de un jovencísimo y novel escritor, José Ángel Mañas, quedó finalista en el Premio Nadal (cuando éste todavía era de fiar, literaria -y no monetaria- mente hablando). La novela fue una revolución y levantó ampollas, críticas y mucho revuelo. Uno de los "sobrenombres" que algún crítico -siempre  O, masc.sing.- le puso, no sin retranca, decia algo así: 


 "La novela del NO HAY FUTURO tras la década socialista". 

El críticO en cuestión, intentó hacer una fusión entre el lema punk NO FUTURE (aprovechando que con ese movimiento se identificaba el autor), con el fin del socialismo y, barriendo para casa, supongo, la llegada de lo que -bicos jí is may fren!, ya lo sabemos- vino después.
Hay que ser mala persona para identificar el punk con la era Aznar pero, sobre todo, hay que ser muy idiota para identificar el punk con cualquier cosa que no sea el punk mismo.

Hoy, leyendo la última entrada del blog de evauvedoble (a caballo entre la filantropía y la misantropía) recordé aquel libro fantástico que me hizo reconciliarme con el realismo más falangista de Sánchez Ferlosio y su Jarama, porque, por su comparación, ambos acabaron por resultarme deliciosamente odiosos, si bien uno más que otro, eso es verdad.  Y me acordé de esto porque la alteridad patológica y el autismo violento y mediocre del que con acierto habla evauvedoble en su entrada, corre por las venas de los personajes que Mañas dibuja. Los personajes de Mañas son idiotas, y por eso asustan. No por su profunda estupidez, sino porque son perfectamente reconocibles, amigxs, están por todas partes.

Uno de estos idiotas, Rober, quizá uno de los más idiotas, pues es de los que más cerca está de dejar de serlo alguna vez, reflexiona, en un momento de la novela, acerca de la homogeneización de la sociedad, llegando a dos conclusiones: la primera de ellas, que “todos somos patatas fritas cortadas de igual manera”; la segunda y quizá más importante, apunta al hecho de que“la diferencia está en que unas patatas lo saben y otras no”.
Rober era gilipollas pero Mañas sabía lo que se hacía cuando escribía esas líneas. La diferencia no está en el corte, sino en saberse cortadx, tajadx para ser clonadx, identificadx, homogeneizadx, estandarizadx y milimétricamente idénticx a cualquier otrx distintx y, sin embargo, igual. Por eso, muchas veces, la distancia que nos separa de los idiotas es la del grosor del espejo del baño.
Ah, y claro que saberse idiota no es un consuelo, pero es algo y algo, por más idiota que nos parezca, siempre es menos que nada.  

domingo, 22 de enero de 2012

PALABRA DE TRAVESTI

Peter I, 1999, por Tina Fiveash (2008)
A veces un poco es demasiado. A veces disparar es protegerse. A veces, haber leído a los estoicos no sirve para que las flores crezcan.
El viernes, mi amor y yo intentamos visitar, sin éxito (digo sin éxito porque el tiempo se nos fue y llegamos ya a puerta cerrada), esta exposición sobre ballets rusos y su influencia en el art dèco. A mí el art dèco me llama casi tanto la atención como los ballets rusos, pero el amor podría ponerme a estudiar la teoría de las cuerdas y estarle, además, agradecidx por ello. El amor es así. Te lleva lejos de tí mismx, acercándote a un tú, en cuya boca se dibuja una sonrisa más amplia que la tuya. Quizá también más idiota, pero eso es otra historia. El caso es que salimos de la imposibilidad de entrar con el entusiasmo de quien está enamoradx, ya digo, y decidimos entregarle a la tarde de una ciudad que no era la nuestra, lo que nos habían robado -como siempre- los horarios institucionales. Y al rodear el edificio por una zona peatonal del casco histórico de Salamanca, de ésas que desdibujan los contornos de las aceras y el asfalto, para que lxs conductrxs no circulen más allá de los 20Km/h propios de las zonas históricas, histéricas de las ciudades, un Audi A6 nos despeinó el amor a no menos, calculo yo, de 60Km/h, mientras de dentro salían voces recién testosteronadas -más por los años que por la vida- de veinteañeros hijos de la PAC y el encofrado de finales de los '90 cuando -como ahora-, la ignorancia garrulera no era nada al lado de la crisis del Real Madrid. Educados en el género, sobre todo y por encima de todo, porque sí, porque Dios lo manda; alenccionados en la creencia de que, para un hombre ser amable es imponerse y ser educado es violar el espacio de las mujeres, el silencio de las mujeres, el tiempo de las mujeres. Las mujeres. Otra vez a vueltas con lo mismo. Y los hombres. Los mujeres y las hombres. Las mujeros y los hombras. Lxs X y lxs X.

El Audi A6 bajó las ventanillas, yo diría que las cuatro, y sobre el último perreo remezclado por algún chulo latino que todavía siga en el clóset -como ellxs dicen- sonaron "Hola guapas" y "Ey chicas", mientras cabezas rasuradas y peinadas sobre todo, y por encima de todo, en el género, como dios manda, salían por las ventanillas y gesticulaban hacia nosotrxs, invadiendo nuestro, tiempo, nuestro espacio, nuestra conversación y nuestra fiesta. Pensé que no lo oirían, dada la velocidad a la que pasó el coche, casi rozándonos los abrigos, pero me esforcé para que no fuera así, y un "que os den por el culo" acompañado de su gesto correspondiente, salieron de mi boca -también testosteronada- y de mi mano izquierda, al tiempo que mi cuerpo se inclinaba hacia adelante y mi cabeza desafiaba como si fuese la cabeza de un cuerpo que no era el suyo, sino el de alguien que ha sido educado para invadir, colonizar, atrincherar y ocupar los espacios de lxs otrxs.
En realidad no quise, lo digo de verdad, que se sintieran más ofendidos que conocedores de que lo que estaban haciendo era no ya innecesario, sino violento, y que si ellos se sentían con derecho a vilentarnos a mi pareja y a mí, podrían entender que yo también me tomara como propio ese derecho y les aconsejara hacer las paces con sus culos, esos grandes desconocidos de los hombres educados en el género, de los hombrecillos de culo prieto del "como dios manda" que nunca, desgraciados, descubrirán el placer que les niegan a sus próstatas. La reacción fue inmedianta y, al tiempo que aceleraban para salir a una avenida, pudimos oir cómo, sobre el siguiente feat reguetoniano de Pitbull, un "¡travesti!" retumbó en la noche salmantina como una promesa.

Es curioso cómo se utilizan las palabras. Las cosas que hacemos con ellas. Ni que decir tiene que "¡travesti!" era lo más parecido a un piropo que ellos podían dedicar a alguien como yo. Ellos, los hijos del como dios manda, los de todo por la patria y por el género, los de esto para qué sirve, los de "me echaron de tres IES, no titulé en la ESO, creo que Boticelli es una discoteca nueva y estoy ogulloso de ello", los que conducen un coche que yo no podría pagar ni en sueños, tienen a bien llamarme gritarme travesti desde sus asientos de cuero, mientras aceleran y queman rueda como ha de hacerlo un machote, como dios manda.
Si he de ser sincerx, travesti me supo a poco, la verdad, y sí que eché en falta su "bollera", su "bujarrón", su "marimacho", o su siempre clásico "camionera", pero qué queréis, tuve que conformarme con el travestismo.

Ni que decir tiene que Pitbull siguió sonando en su A6 y nada cambió en ellos, pero por un momento, los instigadores se convirtieron en instigados, los cosificadores se volvieron cosa y los invasores devinieron colonia. Y claro, no hay otra manera de defenderse, para quien ha sido educado bajo el yugo del género, que atacar con lo que, para ellos es el agravio mayor, señalarle alx otrx como sujeto de un género que no le corresponde. Infelices. No saben que el culo del que huyen lo llevan pegado a la espalda, al final de esas espaldas suyas de "como manda dios", y la sombra de su ligera apertura los perseguirá para siempre.

Palabra de travesti. 

martes, 15 de noviembre de 2011

EL OTRO AGUJERO DE PAUL ELUARD

Man Ray y Paul Eluard
Hay cosas que no pueden entenderse todo el tiempo.
Entenderse entre ellas, digo.
Entenderse como se entiende un poema, un cúmulo o un vínculo
entenderse y gestarse como un vínculo o un poema no escrito de Paul Eluard.
Un poema del tipo "todas mis amiguitas son jibosas; ellas aman a su madre".
Un poema del estilo a "todos mis animales son obligatorios".
Joder, un poema de verdad.
Un poema como dios manda, de esos que hacen obedecer a dios.
Pero qué va. En realidad, no hay nada de eso.
En realidad nada, casi nada o muy poco
y Eluard está lejos de ser tocado por los vivos
y los dedos que entienden las pomadas, los que las extienden
vía rectal, casi siempre, esto es un hecho,
son los mismos que pasan de la 70 a la 71
y hacen de Eluard un tipo respetable.
Dedos rectales, pringosos, untuosos,
qué sería de Eluard, entusiasta marica filibustero, sin vosotros,
hacedores de húmedos que son dios y son el mundo.
Pasadme la página que escribiré en estas letras,
haced de mí un culo digno de ser ungido por vosotros
anti-himénicos de lo otro, humedecedme,
hacedme dignx de ser entradx por vosotros,
haced de mí una oquedad digna de ser releída,
perpetuadme, dedos del mundo,
para que pueda decir que soy, por lo menos,
el otro agujero de Paul Eluard.

(Sr.Chinaski)





domingo, 16 de octubre de 2011

Las bodas de Mariano



                Independientemente de lo que, personalmente, me pueda parecer el "matrimonio" como institución política, económica y social, y el uso que de él se viene haciendo por parte del heteropatriarcado, no puedo dejar de escribir esta misiva "a quien corresponda", como decía Joan Manuel Serrat. Y ahora, precisamente, que las manzanas ya no huelen (será que las han segregado, junto con las peras), el destinatario de la correspondencia tiene nombre y apellidos. Ah, y también un twitter que sus community managers le han abierto hace poco, con no demasiado acierto, todo sea dicho.

                   Señor @marianorajoy:
                El motivo de la presente no es otro que el de hacerle llegar a usted de un modo fácil, sencillo y, sobre todo, clarificador y eficaz, los más que sobrados motivos por los que el término “matrimonio” debe ser mantenido para designar las uniones civiles matrimoniales –valga la redundancia- de personas del mismo sexo, ya que, de no ser así, se estaría incurriendo, además de en una clara discriminación de las personas homosexuales, en una incongruencia falaz, pues no olvidemos que la tan necesaria ley del matrimonio homosexual, tiene su origen, precisamente, en la definitiva eliminación –legal, al menos- de la discriminación que las personas homosexuales, bisexuales, transexuales, intersexuales y transgénero venimos sufriendo desde mucho, mucho tiempo atrás.
                No se trata, señor Rajoy, de debatir acerca de esta ley que permite a dos personas adultas perfectamente sanas y libres manifestar pública y legalmente, no ya su amor, sino la institución familiar –y por tanto político-social- que, como cualquier otro matrimonio, representan. No, verá, esto, por más que les pese a algunos y a algunas, ya no es negociable. Pero lo que tampoco es negociable, Señor Rajoy, es que una persona como usted, aspirante a la Presidencia del Gobierno de un país, el nuestro, que se supone democrático y plural, pretenda seguir estigmatizando a una parte de esa ciudadanía, pretenda seguir haciendo de nosotros y nosotras ciudadanos y ciudadanas de segunda, utilizando esta vez, para ello (las excusas son interminables), una letra escarlata que se traduce en diferenciación terminológica.
                No, señor Rajoy. No aceptamos barco como animal acuático, ni aceptamos tampoco que nuestras uniones civiles sean nombradas de un modo diferente a como son nombradas las uniones civiles de las parejas mixtas. Primero, porque son idénticas y segundo porque es ahí precisamente, donde está el veneno de la discriminación, señor Rajoy, en la semilla que enfatiza la diferencia inexistente.
                Lo digo porque me preocupan, sinceramente, las declaraciones que a este respecto a hecho usted recientemente en diversos medios de comunicación, manifestando que, puesto que en este tema hay posturas encontradas, hay que representar a toda la ciudadanía. Mire usted, Señor Rajoy, la tortura, la discriminación, la violencia de género, el racismo y tantas otras abominaciones tienen también dos posturas encontradas muy claras: la de quienes lo sufren –víctimas- y la de quienes lo infringen –agresores-; pero como usted comprenderá, no por ello la cabeza visible de un partido que se tenga por demócrata, va a defender tal cosa por aquello de que “hay posturas diferenciadas”. Sin embargo usted, señor Rajoy, lo viene haciendo constantemente desde que su partido recurrió la ley que reconoce lo que somos: iguales a todas las demás personas. ¿De verdad molestamos tanto? ¿En serio todavía, en pleno siglo XXI, cuestiones como las ¿diferencias? de raza, sexo, clase social o tendencia sexual siguen siendo un problema entre los militantes y los simpatizantes de su partido? Dígalo claro, señor Rajoy porque, de ser así, la sociedad tiene derecho a saber qué clase de personas aspiran a gobernarla y, sobretodo, con qué clase de códigos éticos y valores pretenden hacerlo.
                Las palabras, Señor Rajoy, pesan. Y mi mujer lo es, en parte, en tanto que es nombrada por mí como tal, designada por mí como tal, públicamente. Su matrimonio, Señor Rajoy, adquiere la dimensión de matrimonio en el momento en el que ritual, legal y públicamente, su cónyuge y usted son así nombrados, así designados socialmente, legalmente. Y no, no me venga con reflexiones peregrinas sobre etimología porque, créame, después de terminar mis estudios de Filología, creo que estoy en posición de decirle que el origen etimológico del término ‘matrimonio’ es más que confuso y que, en cualquier caso, si las leyes se hicieran atendiendo al étimo, tenga usted por seguro que a día de hoy estaría recibiendo visitas oficiales en el “retrete” de usted, y no en el salón oficial destinado a tal fin.
                Así que no, Señor Rajoy, no hay otro motivo para seguir adelante con ese recurso ni con la controversia del término, más que el deseo de usted y de su partido de seguir discriminando ciudadanos y ciudadanas por su tendencia sexual y, créame, a estas alturas del cuento, como usted comprenderá, ya no estamos por la labor ni de mendigar igualdad –sabemos que lo somos- ni de dejarnos engañar por el estúpido complejo de inferioridad enfermizo que tantos años hemos venido arrastrando a causa, entre otras cosas, de ese pensamiento discriminatorio y, por tanto homofóbico del que, según parece, ustedes siguen haciendo ostentación. No.
                Por tanto, si esta carta le sirve a usted y su partido para reflexionar sobre ello, celebraré que todavía la voz de la ciudadanía, que ve peligrar sus derechos, sea tenida en cuenta y que en ustedes quede, todavía, algún resto de sentido de la igualdad y la justicia. Si no –cosa que mi noción de realidad ve más probable- seguiré lamentando ver cómo se pretende discriminar y hacer demagogia a través de las palabras, los usos que hacemos de éstas y, sobre todo, las realidades que éstas designan. Porque las palabras, Señor Rajoy, conforman la realidad y por tanto lo son, en cierta medida; y porque, como dijo el gran escritor Eugéne Ionesco: “sólo valen las palabras, el resto es charlatanería”.


domingo, 25 de septiembre de 2011

LA PIEL QUE HABITO: RADIOGRAFÍA DEL AGUJERO

Cuando unx va al cine, cuando abre un libro, cuando asiste a un concierto, va al teatro o visita un museo, lo hace para que esa película, relato, música, obra o propuesta le cuenten cosas. Las que sean, pero cosas. Que le cuenten, que le griten, que le susurren cosas no oídas hasta entonces, no enfrentadas, sublimadas, digeridas hasta entonces. Lxs que somos aficionadxs a mirarnos en lxs otrxs a través del arte esperamos, en realidad, ser de un modo narcisista y nada pudoroso, lxs protagonistas de las historias que nos cuentan, aunque sólo sea sintiéndonos remotamente parte de ellas. Y eso Almodovar lo sabe.

A veces me pregunto por qué Almodovar es capaz de hacer un cine desconcertantemente bueno y, a la vez, comercial. Y enseguida me respondo. Un tipo que es capaz de hacer que un disfraz de tigre, con rabo y todo, cruce una nacional a la altura de Toledo y viole a una persona parezca verosímil en un thriller es un genio. En ese sentido, este tipo de retos almodovarianos me recuerdan a los retos silábicos de Nacho Vegas (lo del disfraz de tigre es surrealista, pero no me digáis que no es difícil conseguir que una palabra de siete sílabas como im-per-tur-ba-bi-li-dad quepa en la letra de una canción pop). Pues eso. Ése es el riesgo que corren lxs artistas que se enfrentan a sí mismxs, que han tocado ya todos los techos ficcionales de este mundo y necesitan, porque crear, al fin y al cabo, es eso, seguir luchando cuerpo a cuerpo con la muerte de la costumbre. Por eso no puedo entender a los que esgrimen como crítica de La piel que habito que Almodóvar sigue siendo Almodóvar. Porque eso es, precisamente, lo que diferencia a unx artista de unx hacedorx de arte. L primerx siempre es él/ella, l segundx, puede hacerlo muy bien pero, no nos engañemos, muy bien puede hacerlo casi cualquiera.

Desde el punto de vista del género, La piel que habito es una película tragicómica, un drama que se deja reír, una comedia que se deja llorar. No sé vosotrxs, pero yo ya estoy acostumbradx a que en la sala apenas se escuche mi risa en las cintas del manchego. Lo sórdido hace reír, a veces, más que lo meramente cómico, y en la descontextualización, que él domina como nadie, hay siempre un humor latente con sabor peripatético del que ni Carmen Maura ha podido deshacerse desde Qué he hecho yo... 
Pero, además, y fundamentalmente, La piel que habito es una obra romántica, en todos los sentidos. En ella está la locura enfermiza del doctor Frankenstein, bebiendo, también, de las Metamorfosis de Ovidio y su Pigmalión; está la bipolaridad y adicción demente y suicida del doctor Jeckyll y Mr. Hyde; está el amor pluscumaperfecto de Drácula, más allá de la muerte de la amada, donde todas las amadas son la amada y su noche son todas las noches de este mundo; están los jardines laberínticos del sabueso de los Baskerville; y también, planeando como una siniestra sombra, la sombra del doctor Fausto. Pero es que, además del romanticismo propiamente dicho, en la película se recogen también clichés posrománticos más del tipo de las novelas de Corín Tellado, para entendernos, que acercan la obra al subgénero del pastiche, rozando muchas veces la telenovela (hermanos que no saben que lo son, criadas y madres en silencio, vidas perseguidas por la desgracia...) y acercando la obra -así lo veo yo- al público en masa pero también construyendo un prisma en torno al género tan contemporáneo como lo fue en su día -y aún hoy- el subgénero caballeresco en El Quijote. Hay, también, alusiones a otros subgéneros, como el porno, el BDSM con parafilias propias y recurrentes de este tipo de films, y un vestuario que me recordó a uno de los cortos de la peli porno independiente Dirty diaries (que recomiendo, por cierto).  

Otra de las cosas que, creo, hace grande la peli, es la profundidad de los personajes que son, en realidad, personajes tipo -tan recuperados por las historias contemporáneas- para plantear cuestiones que rebasan lo maniqueo. Así, Marilia, la madre del doctor, es la mujer abnegada, sacrificada, que no entiende la dicotomía bueno/malo si no es en pos del hijo que no sabe que lo es. Representa, por tanto, la maternidad tradicionalmente entendida. Una madre haría lo que fuera por su hijo, sea éste como sea...
Por su parte, todos los personajes femeninos -la mujer, la hija- son en realidad (como las hijas del Cid o Doña Jimena) personajes necesarios para desencadenar la trama y perfilar mejor el personaje del doctor Roberto. Son "excusas", pretextos para que Roberto sea quien es.

 Y Roberto es un personaje que, en realidad, representa al patriarcado. Es hombre, heterosexual, blanco, de clase alta, tiene poder en la esfera pública y en la esfera privada, tiene una profesión liberal que le confiere aún más poder sobre los otrxs, sobre la imagen de lxs otrxs, es padre, y amantísimo esposo. Sin embargo, la devoción que siente por su mujer no deja de ser una devoción retorcida, una devoción que tiene más que ver con su amor propio, con su capacidad de poder y de control, que sobre el amor que siente. Porque el personaje de Roberto es, en realidad, un personaje incapaz de amar. El amor hacia su hija también está filtrado por la pérdida de control, del mismo modo que el estado patriarcal ha de controlar todo cuanto le rodea y compete, especialmente, a la mujer. A Roberto no le duele la violación que sufre su hija (de hecho ni siquiera se preocupa en saber si fue o no violación, y tampoco participa en la recuperación de ella), sino la pérdida -otra vez- de control. Por su parte, el personaje de Vicente/Vera es el proceso a través del que el Estado heteropatriarcal acaba por someter a sus individuos, no sólo haciéndoles desempeñar un determinado rol social sino exigiéndoles, además, que se muestren cómodxs y satisfechxs en él. Por eso, si algo tengo que recriminarle a Almodóvar de la película -que me parece buenísima desde mil puntos de vista- es el tratamiento que hace, no de la transexualidad, sino del modo en que el personaje que la sufre se enfrenta a ella. 
El personaje de Vera, antes de ser Vera era, igual que el doctor Roberto, un hombre heterosexual que somete a las mujeres al acoso que socialmente está permitido, con tal de satisfacer sus necesidades de "macho", como dicta el patriarcado. Pero cuando se ve despojado, por la fuerza, de sus genitales masculinos, asume el rol femenino, como si el sexo y el género fuesen una misma cosa. Y ni mucho menos lo son. Por eso, yo sí he echado en falta una Vera masculina, con actitudes masculinas, con ademanes de macho, del macho que hay en él, en vez de andando con tacones por arte de magia y poniéndose un vestido en vez de unos vaqueros para fugarse. Eso he echado en falta. Una reflexión más sólida, más audaz, más acorde, en definitiva, con la audacia de la película, en relación al género. No a la transexualidad meramente fisiológica, sino al enfrentamiento social de la misma por parte de quien la sufre. Y no basta con rechazar maquillaje para marcar que se es un hombre. Un hombre no tiene pudor, un hombre no se tapa los genitales recién operados porque entra por la puerta su agresor (el propio Almodóvar nos hubiese mostrado hace unos años, ese plano que tan femeninamente pudoroso que hoy ha eliminado); un hombre se mueve como un hombre, se sienta como un hombre y se tumba como un hombre, no como una Venus, ni nada parecido. 

Por ota parte, es también llamativo el hecho de que ninguna relación sexual de las que aparecen -ni en escena ni narradas- escapa a las garras del poder hegemónico del heteropatriarcado al que antes hacía referencia. Es decir, en todas las relaciones sexuales el hombre se comporta como un agresor, como un cazador, como un colonizador, como un violador, en definitiva, y es la mujer la que asume su condición de víctima (Vicente/Vera, incluídx), entendiendo que es el rol que le toca desempeñar. Por eso tampoco me parece casual el hecho de que Norma -la hija del doctor- vea en su padre a un agresor, porque, en realidad, lo es; porque, en realidad, la figura del hombre heterosexual convencional pasa por todos los personajes masculinos de la película, a través del sometimiento de lo femenino. Todo en La piel que habito son pollas forzando agujeros, en un mundo en el que las pollas ganan y los agujeros pierden. Por eso no es, creo yo, una tragedia, como dice Boyero, porque para mí tiene el final feliz propio de las comedias, tras haber vivido el personaje, eso sí, una trágica diaspora de sí mismx, desde luego. Y, aunque sólo sea por eso (cuestiones formales a parte -fotografía, vestuario, etc-, estupendas también), aunque sólo sea por ver cómo por una vez se hace justicia poética, merece la pena habitar, por dos horas, la piel que nos presta Almodóvar que, al fin y al cabo, es la que habitamos siempre que somos quienes no queremos ser, pareciéndonos tanto, sin embargo, a nosotrxs mismxs.

De todas formas, Almodóvar tiene corazón, y quiere más a sus personajes que lo que se quieren ellos mismos, por eso no hay uno sólo de ellos que no tenga mil motivos para ser el otro, para ser víctima y verdugo y por eso, aunque no se les pueda perdonar, ni siquiera redimir, al menos, que no es poco, se les puede comprender.